OSA

Orden de San Agustín

"Anima una et cor unum in Deum!" (Regula)

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Pensamiento de San Agustín
Dios ha creado tanto a los ricos como a los pobres. Los ricos y los pobres, por tanto, han nacido iguales. Encuentras a otro como tú, y camináis juntos... El Señor ha creado a ambos.
(Sermón 35,7)
¿Quieres ser grande? Comienza por lo que es pequeño. ¿Proyectas construir un gran edificio? Piensa primero en las bases de la humildad.
(Serm. 69,2)
¡Muchos se dicen cristianos, pero en realidad no lo son! No son lo que la palabra significa: no lo son en la vida, en las costumbres, en la fe, en la esperanza y mucho menos en la caridad.
(Comentario a la 1 carta de S. Juan 4,4)
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Mensaje del Prior General a los Agustinos y Agustinas Jovenes


MENSAJE DEL PRIOR GENERAL

A LOS AGUSTINOS Y AGUSTINAS JÓVENES.

"Mirad que realizo algo nuevo;

ya está brotando, ¿no lo notáis?"

(Is 43,18).

 

Queridos hermanos y hermanas:

En un momento en el que la Iglesia reflexiona con y sobre los jóvenes (Sínodo de Obispos, Jornada Mundial de la Juventud), quiero dirigirme a vosotros, los hermanos y hermanas de la Orden de San Agustín que estáis en esa franja de edad, de límites imprecisos, pero que constituye un significativo sector con una importantísima perspectiva no exenta de responsabilidad. Ciertamente, en vuestras manos está el futuro de la Orden.

Estamos preparando el Encuentro Agustiniano de Jóvenes y yo mismo he dirigido recientemente una carta a los jóvenes de los colegios, parroquias y otros grupos agustinianos[1]. Pero quería ponerme en contacto también con vosotros, agustinos y agustinas jóvenes. Os escribo desde el corazón, con el deseo de continuar un diálogo ya iniciado en diversos encuentros y visitas. He procurado conoceros y saludaros. Y sobre todo escucharos. Creo, sinceramente, que vuestra aportación es imprescindible y, por tanto, no debe abordarse desde la demagogia o el halago complaciente, sino desde la confianza, la exigencia y la claridad. Y, siempre, desde la amistad.

 

1. La valentía de ser jóvenes.

Nuestra Orden, ya en sus orígenes, fue un eficaz motor de renovación en la Iglesia y debe continuar siéndolo. Los agustinos estamos en los cinco continentes y desarrollamos numerosas actividades y servicios pastorales, atentos a las necesidades de la Iglesia. Hemos sabido integrar culturas y sensibilidades diversas, manteniendo vivo lo especial, el carisma, el don suscitado por el Espíritu y que vivimos en un tiempo y unas circunstancias determinadas y sin duda complejas. La Orden está cambiando rápidamente y pronto tendrá un perfil diverso al que conocemos. Esto exige de todos nosotros, ya desde ahora y en los próximos años, una reflexión profunda y serena. Juntos encontraremos las formas más adecuadas para "ser" en el mundo, para vivir el carisma agustiniano en el momento actual. Recordamos las certeras palabras del Concilio Vaticano II: "la adecuada renovación de la vida religiosa comprende, al mismo tiempo, un retorno incesante a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración originaria de los institutos, y una adaptación de estos a las condiciones de los tiempos, que han cambiado"[2].

Nuestra época se caracteriza por grandes contrastes y enormes retos. El ser conscientes de las dificultades no debe apartarnos de una actitud esperanzada hacia el futuro y comunicadora de entusiasmo. Por eso os pido abandonar todo pesimismo, si lo hubiera. No escuchéis las voces negativas y destructivas, eternamente tristes, que miran al pasado como un falso refugio de miedos y egoísmos[3], ni las secundéis. Es terrible encontrar a jóvenes envejecidos espiritualmente. Las mentalidades fosilizadas, los corazones endurecidos y los comportamientos egoístas son signos de muerte y no deben caracterizar a ningún joven. Sed siempre creadores de futuro, apóstoles de un tiempo nuevo, comunicadores de entusiasmo. Sí, los jóvenes os encontráis con un amplio panorama de problemas pero también de oportunidades. No caben ni el conformismo ni el lamento estéril. Hay que soñar entre todos un horizonte de posibilidades y poner las manos y el corazón para lograrlo. La pasividad por miedo a equivocarse y el resignarse a aceptar los cambios en vez de ser protagonistas de las transformaciones que reclama la escena de nuestro tiempo, son las actitudes más cómodas y menos constructivas. El mayor error es huir del riesgo, asistir como espectadores insensibles a los problemas de la Iglesia y de la Orden. Semejante actitud supone traicionar nuestra fe y nuestra vocación y nos aboca irremediablemente al desencanto.

Necesitamos respuestas y opciones. Y a vosotros os corresponde tener iniciativa. Sé que en ocasiones es difícil. Existen dificultades internas, centradas en la tentación de comodidad, de tranquilidad. La pérdida del amor primero tiene como resultado la búsqueda, como prioridad absoluta, de un reducto seguro en el que vivir sin complicaciones. Esto no es sino una rendición, un abandono de la vida religiosa en la práctica, aunque jurídicamente se continúe en ella. Toda opción de egoísmo es inevitablemente una opción de muerte. Es muy triste encontrar personas que han perdido el dinamismo, que no tienen ideales, que no viven ilusionados el carisma, que han perdido la vocación. No escuchéis jamás las voces de la amargura, la negatividad y el conformismo. Seguir y vivir a Cristo en el carisma agustiniano es una gracia y una maravilla que llena la vida de luz y el alma de alegría.

Pero también hay dificultades externas: el rechazo de la novedad, el anclaje en el pasado, la rutina que envuelve muchas de nuestras realidades. Las voces críticas molestan; las alternativas desconciertan; los profetas son silenciados. El "siempre se ha hecho así" aparece como un lema maléfico que nos bloquea y que es preciso superar. No tengáis miedo a incomodar y no os resignéis al silencio y a la insignificancia. No renunciéis a ser protagonistas. Eso sí: sed coherentes. Sed los primeros en encarnar la novedad que buscáis y que exigís. La novedad de Cristo que llama y que ofrece seguirle.

¿Cómo se concreta nuestra respuesta a la invitación de Cristo a seguirle en el camino agustiniano? No caben frases hechas, ni teorías, por hermosas que sean, sino el testimonio de la propia vida en autenticidad. Creo que, para poder responder como agustinos a las necesidades de la Iglesia y del mundo, debemos prepararnos bien y cuidar los estudios, especialmente los que nos llevan a conocer en profundidad el pensamiento de san Agustín y de otras figuras de la Orden. No solo en la etapa de formación, sino durante toda la vida. Sed conscientes de la importancia de encontraros con san Agustín, con su pensamiento y espiritualidad. Resulta verdaderamente imprescindible para poder vivir nuestra vocación con una identidad clara[4]. Sin embargo, tampoco debemos olvidar que un verdadero agustino no es aquel que repite frases de san Agustín, o el que cita a los santos o a los escritores de la Orden, sino el que encarna su espiritualidad en la vida cotidiana, el que muestra los rasgos del carisma en la propia existencia.

 

2. En la intimidad con Jesús.

No es posible una verdadera vida religiosa sino en el encuentro con Cristo. San Agustín nos lo recuerda de forma magnífica: "Esto sólo sé, Señor: que me va mal lejos de ti, no solamente fuera de mí, sino aun en mí mismo; y que toda abundancia mía que no es mi Dios, es indigencia"[5]. Pero la vocación hay que ratificarla cada día. La invitación del Señor se reafirma en cada momento y también debe actualizarse la respuesta. No dejéis morir vuestra vocación por falta de cuidados, por no renovar el encuentro cotidiano con el Señor[6].

Necesitamos que prioricéis el cuidado de la vida espiritual, sin caer el activismo vacío o en la pasividad intimista. Estad atentos para evitar que la mundanidad se infiltre en vosotros y os lleve al abandono de la oración y al debilitamiento de la vida interior. El vacío de Cristo lo llenarán entonces otros dioses que esclavizan al ser humano. El resultado será la infelicidad: no solo no seréis felices vosotros sino que inevitablemente transmitiréis amargura a los demás. Jóvenes: sed hombres y mujeres de oración. Es imprescindible. Es absolutamente indispensable. Cuidad la oración personal y comunitaria, la celebración de la Eucaristía, los instrumentos de renovación espiritual[7]. Estad atentos a los tiempos y, sobre todo, a la calidad. Hay quien busca seguridades en el formalismo y la apariencia. No es ese el camino. La seguridad no la da el ritualismo vacío, sino la conversión del corazón a Cristo en el encuentro con él. Ni jóvenes mundanos, enfermos de laicismo, ni formalistas vanos y autosuficientes. Amigos de Cristo y, por tanto, familiares de Dios.

Sí, un reto hoy es la consecución de una vivencia espiritual, sustentada en una sana e intensa vida de oración personal y comunitaria. Solo así seremos coherentes y, por tanto, creíbles. Tal vez haya que cambiar estructuras y programas para aprovechar mejor los medios que se nos ofrecen. Liderad vosotros esta opción auténticamente renovadora.

 

3. La identidad del amor verdadero.

La vida religiosa agustiniana se define a partir del descubrimiento de la dimensión comunitaria de la fe y del reconocimiento de la presencia de Cristo en medio de quienes se reúnen en su nombre (Mt 18, 20). A pesar  de que son inevitables los roces, las diferencias de opinión e incluso las discrepancias, no cabe duda de que es posible la amistad y la convivencia. El precio del amor es la comprensión y el perdón. Y, desde ahí, vamos recorriendo juntos el camino, en el gozo de ser hermanos, compartiendo lo que tenemos y, sobre todo, lo que somos. Nos hemos congregado no para otra cosa sino para tener "una sola alma y un solo corazón en camino hacia Dios"[8]. Tenedlo siempre en cuenta.

Me preocupa mucho el debilitamiento comunitario. Las comunidades no deben ser excesivamente numerosas, pero tampoco demasiado pequeñas. Se da la paradoja de que en una Orden como la nuestra, que tiene la vida común como especial punto de referencia, existen sin embargo un gran número de comunidades con solo dos o tres miembros. Creo esto debería ser una excepción y no una práctica habitual.

Pero, en cualquier caso, ninguna estructura será adecuada si cada uno de nosotros no cuida la relaciones personales y la vivencia comunitaria[9]. Prestad atención al que el trabajo y las ocupaciones no os impidan "estar" en la comunidad para compartir la vida. Que los grupos, las lógicas amistades, la gestión de las actividades, las reuniones con los colaboradores no sean una escapatoria y una justificación para huir de vuestra  comunidad. Que la generosidad mal entendida no os lleve a perder el rumbo y oscurecer la vocación. Dedicad tiempo a la comunidad porque los hermanos necesitan de vosotros como vosotros necesitáis de ellos. No profesamos la vida religiosa agustiniana para estar siempre fuera de casa, testimoniando ausencia. Cada miembro de la comunidad debe sentirse animado y sostenido, pero también la comunidad debe sentirse animada y sostenida por cada individuo[10]. Un predecesor mío escribió que la comunidad agustiniana es nuestro primer apostolado[11].

Otro tema que quiero comentaros es la necesidad que tenemos de reforzar el sentido de Orden, superando el localismo: no se profesa para una circunscripción, sino para la Orden. Ser agustino significa formar parte de una gran familia. Nos llamamos hermanos (fratres, fray) y hermanas (sorores, sor). Y lo debemos ser. Buscamos la unidad, la unión de almas y corazones. Por eso me sorprende también que, en ocasiones, algunos levanten barreras excluyentes por nacer en uno u otro país, en una u otra región. El nacionalismo es un mal. Y un escándalo. ¿Cómo podemos excluir o rechazar a nadie por su nacimiento, por su origen? Por favor, tened siempre una mirada amplia, acogedora, integradora. Amad a la Orden y derribad barreras y fronteras geográficas o ideológicas. Somos una única Orden, una única familia. Las diferencias deben integrarse y constituir así una fuente de riqueza.

 

4. Un corazón libre.

Mientras nosotros tenemos cubiertas nuestras necesidades básicas, incluso más, otras muchas personas, particularmente jóvenes, se encuentran apresados por la pobreza, la incultura, la soledad o una larga lista de esclavitudes. También en nuestro entorno. Las formas de pobreza y de exclusión se han multiplicado y exigen de nosotros una respuesta, que no puede venir de la mundanización, sino de la austeridad, la generosidad y la misericordia. Frente a quienes se mueven prioritariamente por intereses económicos; frente a quienes acumulan y a quienes no ponen en común los bienes; frente a quienes entienden la vida religiosa como una profesión o como un avance en la escala social, sed vosotros ejemplo de desprendimiento y de pobreza afectiva y efectiva, ejemplo de libertad.

Y sed voz de los que no la tienen. San Agustín no duda en afirmar que “Cristo está necesitado cuando lo está un pobre”[12]. Todos corremos el peligro de vivir en una burbuja, ajenos a las necesidades de los hombres y mujeres de hoy, sin que el grito de los pobres llegue a nosotros. Por eso debemos abandonar las zonas de confort, resolver el escándalo de que hablemos de pobreza a los demás, de que incluso emitamos públicamente un voto, sin ser de verdad pobres y sin preocuparnos en luchar por la justicia. Para ello es imprescindible ser hombres y mujeres de acogida, escucha y  misericordia. No olvidemos nunca que la opción preferencial por los pobres nace del Evangelio y está implícita en la fe cristológica[13].

Es preciso salir de la comodidad y de las seguridades: "Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré" (Gn 12,1). ¿No es esta la historia de toda vocación? Ciertamente. Se trata de escuchar la llamada y responder a ella con generosidad y confianza. La experiencia de Dios nos mueve a salir de la tranquilidad espiritual y personal, a ponernos en camino. Acercaos, pues, a la gente, sentid con ella, conoced sus necesidades sin formar una élite separada, vacía y falsa. Cada uno somos respuesta de Dios a las necesidades de la sociedad actual. Esa es nuestra responsabilidad. Y vosotros, con vuestra generosidad, podéis y debéis dar un magnifico testimonio de la misericordia divina, siempre activa y siempre concreta.

 

5. El tiempo de los profetas.

La fe que hemos recibido, la vocación a la que hemos sido llamados, suponen una forma de amistad singular con Dios, que se nos ha revelado en Cristo. Es caricia amorosa de Dios, fuente de alegría y acción del Espíritu que ensancha y llena de sentido la vida. Hoy más que nunca necesitamos profetas arraigados en la experiencia de Dios. No activistas, sino testigos que nos hablen con su existencia; no vendedores de palabras o entretenimientos, sino cristianos coherentes que expresen a las claras la enorme belleza del Evangelio, la verdad de Cristo, su gozosa atracción. El futuro es de aquellos que arriesgan la vida, rompiendo los estrechos límites del egoísmo. Incluso yendo contracorriente. "El hombre contemporáneo- escribía Pablo VI- escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio"[14]. Es el tiempo de los testigos. Es la hora de los profetas.

Si nuestros ancianos se animan a soñar y nuestros jóvenes a profetizar, (cf. Joel 3,1), estaremos cultivando una semilla de esperanza que sin duda alguna florecerá y dará fruto. En un mundo en el que parece haberse perdido el rastro de Dios, es urgente un audaz testimonio profético por parte de los consagrados, sabiendo que la verdadera profecía nace de Dios[15] y que la auténtica evangelización consiste en anunciar la Palabra de Dios, la obra de Dios en nosotros y lo que Jesucristo hace por medio de nosotros[16]. Cristo es siempre nuevo; la eterna novedad que no envejece. Él "puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual"[17].

Es también una ocasión propicia para fortalecer la pastoral vocacional, para salir al encuentro de otros jóvenes, invitándolos a que escuchen y reflexionen de modo que puedan responder con generosidad a una posible llamada. No dudéis en presentar con claridad a los jóvenes la identidad de la vida religiosa agustiniana, mostrando cómo nuestra espiritualidad, inspirada en el pensamiento fecundo de san Agustín y de tantos hermanos y hermanas a lo largo de la historia, ha sido un faro potente en la Iglesia a través de los siglos y debe seguir siéndolo hoy. El pasado no tiene que ser un peso, sino un estímulo. Y no olvidéis nunca que vuestra coherencia personal es la mejor propaganda vocacional. No son las ideas, sino la vida; no son los programas, sino el testimonio.

Muchos de vosotros también me habéis comentado vuestro deseo de un mayor entusiasmo y creatividad en nuestra Orden, que sepamos adelantarnos a los retos actuales, renovando estructuras caducas, recuperando la posición de frontera en la Iglesia, abriéndonos a otras mentalidades y otras culturas ya no predominantemente occidentales. Sí, como os decía al principio, debemos preparar la Orden de San Agustín para un tiempo nuevo, redescubriendo la esencialidad, la belleza y la alegría de ser agustinos. Necesitamos una profunda renovación para vivir con radicalidad, en esta época, el carisma suscitado por el Espíritu. Debemos sacudirnos la rutina y la resignación, ser creativos, implicarnos, asumir riesgos. Siempre desde la verdad, a la que se llega por la conversión del corazón. Jóvenes: sed protagonistas de este imprescindible proceso renovador. La Orden tiene necesidad de vosotros. La renovación solo será posible desde las opciones personales y la vitalidad de los pequeños grupos, como fermento y levadura. Ojalá en los Capítulos, en los encuentros, en las reuniones, la voz de los jóvenes irrumpa como un torrente de vida y novedad, ojalá vuestro testimonio nos sacuda y nos provoque, ojalá seáis comunicadores de verdadero entusiasmo. Os expreso mi disponibilidad y la del Consejo General para responder a vuestras inquietudes.

Muchas gracias, queridos hermanos y hermanas, por vuestro trabajo y, sobre todo, por vuestra vida. Os he hablado con sinceridad, con plena confianza y, también, con la exigencia que brota del cariño. Espero que podamos proseguir este diálogo. Me gustaría que las ideas que os he expresado en este mensaje encontraran eco en vosotros y las desarrollarais, llegando a conclusiones y propuestas. Me encomiendo a vuestras oraciones al tiempo que os aseguro las mías y pido a nuestra Madre del Buen Consejo que proteja y acompañe nuestro camino.

Dios os bendiga siempre.

Roma, 24 de abril de 2018

 

P. Alejandro Moral Antón,

Prior General OSA



[1] Cf. Carta del Prior General a los jóvenes, 19 de marzo de 2018.

[2] Perfectae caritatis, 2.

[3] Cf. Sermón 346 C.

[4] Cf. Carta del Prior General con ocasión de la solemnidad de san Agustín, 28 de agosto de 2017: Acta OSA 70 (2018) 54-55.

[5] Conf. 13,8,9.

[6] El papa nos recuerda que la santidad debe ser una exigencia, una necesidad, para todo cristiano. Por eso "no tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia": Francisco, exhortación apostólica Gaudete et exsultate, 34.

[7] cf. Constituciones, 102.

[8] Regla 1,3.

[9] Cf. Constituciones, 109.

[10] Cf. T. Van Bavel, Carisma: comunidad, Madrid 2004, 168-170.

[11] Cf. T. Tack, Augustinian community and the apostolate. Message from the Prior General [La comunidad agustiniana y el apostolado. Mensaje del Prior General]: Acta OSA 19 (1974) 27-36.

[12] Sermón 38,6,  8.

[13] Cf. Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia General del episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida 13 de mayo de 2007, 3. El mismo Documento de Aparecida (n. 393), recuerda que "los rostros sufrientes de los pobres son los rostros sufrientes de Cristo. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas".

[14] Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 41.

[15] Cf. Juan Pablo II, exhortación apostólica Vita consecrata, 84-85. Recuerdo los tres rasgos imprescindibles en el profeta, indicados en ese documento sinodal: pasión por la verdad; unión íntima con Dios; disponibilidad para entregar la propia vida.

[16] Cf. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 15, 30; Sermón 72, 8.

[17] Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium, 11.

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