OSA

Orden de San Agustín

"Anima una et cor unum in Deum!" (Regula)

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Pensamiento de San Agustín
¿Quiénes son los soberbios? Aquellos que, mientras atribuyen a Dios el bien que hacen, son intolerantes con los que no lo hacen y se creen superiores a ellos.
(Enar. salmo 93,15)
¡Malos tiempos! ¡Tiempos difíciles! Esto es lo que dice la gente. Haz que nuestras vidas sean buenas, y nuestros tiempos serán también buenos.
(Serm. 30,8)
Tú que existes desde siempre, antesque nosotros y el mundo, te has convertido para nosotros en refugio en el cual nos hemos vuelto hacia ti.
(Enar.salmo 89,3)
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REUNIÓN CONSEJO GENERAL – SUPERIORES MAYORES

Queridos hermanos:

A todos mi saludo fraterno y la más cordial bienvenida a esta casa que es la suya, y a esta ciudad de Roma que tiene un significado tan hondo para todos los cristianos. Muy cerca de aquí –el pasado domingo día 8, en el marco de la celebración de la Pascua de Pentecostés– el papa Francisco se reunía con el presidente de Israel, Simon Peres, y el presidente de Palestina, Abu Mazen en los jardines del Vaticano para rezar por la paz en Oriente.

Permítanme que también mi primera invitación sea a la oración por toda la Orden, recordando de modo especial las situaciones de conflicto y de persecución que están viviendo algunas comunidades y hermanos de África. Sin olvidar otros lugares donde es urgente la reconciliación y la unidad. Cuando vemos que las grandes potencias son capaces de sentarse para dialogar y tender puentes hacia el logro de la paz, debiéramos confesar qué lejos estamos –a veces– de poner en práctica todas nuestras posibilidades para hacer posible el milagro de la fraternidad. Orar no es renunciar a nuestras responsabilidades, sino invocar a Dios como un acto supremo de responsabilidad y de lógica porque la fe –decimos– es el centro de nuestra vida.

Rezar por la paz, como rezar por nuestras comunidades, no es un acto de voluntarismo, sino un compromiso que nos lleva a construir día a día un clima como el soñado por san Agustín y reflejado en su Regla: “Ante todo, que habitéis unánimes en la casa y tengáis una sola alma y un solo corazón (Hch 4, 32) en camino hacia Dios” (Regla I, 3).

Como saben, este encuentro pretende completar el programa para el sexenio 2013–2019 que se inició en las reuniones capitulares de septiembre pasado. El Consejo general se ha reunido en distintos momentos, las Comisiones internacionales también lo han hecho, y ha llegado el momento de clasificar el fruto de la reflexión y la riqueza de las sugerencias recibidas. Que se haya ampliado la mesa del Consejo general para elaborar esta programación quiere ser un signo de colegialidad en el marco de una Iglesia sinodal en la que los miembros del Pueblo de Dios caminamos juntos.

Es en esta sinodalidad donde todos somos escuchados en aquello que nos compete, todos somos llamados a la unidad y a la comunión que es don del Espíritu Santo. Es, también, en esta sinodalidad donde las iglesias de las periferias podrán hacer sentir su voz en el centro y –en el contexto de nuestra Orden– las circunscripciones más alejadas o más jóvenes hagan oír su palabra y transmitir aliento más fresco a las circunscripciones que experimentan el peso de la historia y los efectos de su inmersión en un mundo indiferente a lo religioso.

El flujo de la comunicación recíproca y fraterna garantizará que en los próximos días nos veamos sorprendidos por un inmenso caudal de creatividad. “Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” (Evangelii gaudium, 11).

Tenemos que hacer nuestro el propósito de la conferencia de Aparecida (2007) que recoge el papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii gaudium: hacer el tránsito “de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (Evangelii gaudium, 15).Esta transformación misionera de la Iglesia pasa, necesariamente, por la renovación espiritual personal y comunitaria, y la revitalización y conversión pastoral de nuestras obras. Dos grandes metas siempre objeto de atención que hay que encajar en la horma de nuestro carisma agustiniano y concretar en objetivos bien definidos. Ya desde ahora deberíamos conjurarnos en no elaborar un documento de supervivencia, sino marcar unas pautas que puedan orientar nuestra vida en el sexenio que hemos iniciado en septiembre de 2013. Un esfuerzo más espiritual que organizativo porque se trata de recomponer el tejido teologal que fundamenta el seguimiento de Jesús, único que justifica y sustenta cualquier modelo de vida religiosa.

La vida religiosa no tiene el monopolio ni del seguimiento de Jesús ni del Espíritu de Jesús, pero está llamada a ser responsable de que no se apague el Espíritu en la Iglesia y debe recordarle constantemente su naturaleza carismática. Volver sobre el propio carisma, además de constituir un medio de fortalecimiento de nuestro ser, nos hace recordar que la identidad carismática de la vida religiosa no excluye la dimensión servicial y ministerial, pero implica preferencia por ciertos servicios y ministerios en la Iglesia y en la sociedad. Lo carismático –por ser a la vez la vez ministerial– lleva a la misión.

Un elemento definitorio de la vida agustiniana es la vida comunitaria como elemento creador de fraternidad y signo explícito de un modo distinto de ser y estar en la Iglesia y en el mundo. San Agustín vuelve la vista hacia los orígenes del cristianismo y fija la mirada en los primeros seguidores de Jesús que habitaban en Jerusalén (Act IV, 32–37). En aquel grupo basó san Agustín su modelo monástico (Sermón 356, 1) y el recuerdo de la primitiva comunidad será el modelo ideal que le va a servir para iniciar la experiencia de comunidad que se va a significar por la actualización de lo esencial de la vida cristiana: el amor fraterno.

La Iglesia es, esencialmente, misterio de comunión. No perdamos de vista que la vida religiosa, particularmente la agustiniana porque su espiritualidad se nutre de la eclesiología de san Agustín, se da en comunión con otras formas de vida y, por tanto, estamos llamados a ser expertos en comunión eclesial, signos de diálogo y de fraternidad entre los pueblos y las culturas. Fomentar el espíritu de comunión en un mundo que no termina de entenderse, que derriba muros y, al mismo tiempo, levanta barricadas y señala nuevas fronteras, que es más propicio a la discordia que al entendimiento. El campo de pruebas de nuestro espíritu de comunión es la comunidad, el sentido vivo de pertenencia a la Iglesia, el diálogo intercongregacional y la colaboración con los laicos. Como aquello primeros cristianos que recuerda san Agustín en la portada de su Regla, todo lo ponemos en común; no nos sentimos dueños de la Iglesia, la eclesiología de comunión pasa por una auténtica corresponsabilidad.

La fuerza que tengan los valores del Reino de Dios en una comunidad mide, como ningún otro termómetro, su calidad humana y apostólica. Les recuerdo, hermanos, y nos recordamos, que la animación de las comunidades exige hoy más cercanía y un acompañamiento más directo que en otro tiempo pasado. Por distintas razones que todos conocen. Hay un número de personas mayores de edad en las que, algunas veces, se suman el desvalimiento de la edad y de la enfermedad. Hay otras que llevan sobre sus espaldas responsabilidades y trabajos que van erosionando la salud y, en ocasiones, debilitando el sentido religioso de la vida y del trabajo. Finalmente, el grupo más pequeño, numéricamente hablando, lo forman los jóvenes.

La unidad de corazones es el fin primario que propone san Agustín (Regla, I), pero este amor al prójimo tiene su traducción en el amor a las cosas comunes como forma de liberación del egoísmo que aísla y empobrece. La comunidad es el campo de experimentación de nuestra entrega al Cuerpo de Cristo, a la Iglesia. Los intereses de la comunidad, afirma san Agustín, son los de Cristo (Comentario al salmo 105, 34).

Este ideal comunitario que define a los agustinos sufre hoy el acoso de una cultura marcada por el individualismo y la primacía de los intereses particulares. La actividad apostólica ha solapado la dimensión contemplativa y testimonial de nuestra vida. Tanto se ha urgido la acción que se han velado dimensiones esenciales e irrenunciables como la oración, la celebración de la fe, el testimonio de la trascendencia. Todo ello nos ha llevado a valorar el ministerio con criterios de eficacia apostólica e incluso de rentabilidad económica. Así se ha llegado a una interpretación utilitaria y funcional de lo que somos y hacemos, y urge a la vida religiosa recuperar lo más suyo, su inspiración original, lo que hace de ella una forma característica de vida cristiana diferente. La recuperación de la identidad carismática no excluye la misión porque “toda renovación en el seno de la Iglesia debe tender a la misión como objetivo para no caer presa de una introversión eclesial” (Evangelii gaudium, 27).

Es hora de preguntarnos si nuestras comunidades son focos de espiritualidad, de vida animada por el Espíritu, espacios de búsqueda y de encuentro con Dios, lugares de concordia y de unanimidad donde tiene su morada el Señor (cf. Comentario al Salmo 67, 7). La respuesta a esta importante pregunta no debe suponer hacer una encuesta en nuestro entorno para recabar la opinión de quienes nos conocen, sino una autocrítica que nos lleve a medir el grado de comunión fraterna mediante el amor recíproco de cuantos forman la comunidad.

De la mano de su habitual realismo, san Agustín advierte que “El enemigo ha dispersado por todas partes hartos hipócritas con hábito de monje…Todos piden, todos exigen los beneficios de su lucrativa pobreza o el precio de su fingida santidad” (El trabajo de los monjes, XXVIII, 36). Son los que entienden la comunidad como esa estación de servicios que tiene que cubrir todas las necesidades. A pesar de estas debilidades humanas, sin embargo, san Agustín subraya que la confianza y el amor deben prevalecer sobre la suspicacia y el distanciamiento: “Yo siempre pienso bien de mis hermanos y tengo plena confianza en ellos” (Sermón 355, 2, 2).

Quisiera que este importante tema de la comunidad, de los priores locales y su función de liderazgo y de los medios ordinarios de renovación como los capítulos locales y los capítulos de renovación, fueran objeto de nuestra reflexión en las próximas jornadas. Pensar que como nuestras comunidades están formadas por personas adultas es innecesaria cualquier forma de autoridad y animación sería tan ingenuo como temerario. La función que nuestras Constituciones otorga a los priores se despliega en una doble dirección: material, “distribuir a cada uno lo que necesite” (Regla I, 4), y espiritual, “ha de dar cuenta de todos ante Dios” (Regla VII, 46). La autoridad del superior es de caridad paternal (Réplica a la carta de Parmeniano, III, 16), de modo que “desee más ser amado por vosotros que temido” (Regla VII, 46). Si la obediencia se entiende como gesto de amor a Dios, es fuente de alegría: “Parece que toda servidumbre había de ser amarga, pues vemos que, por lo general, los esclavos obedecen murmurando. Pero no tengáis miedo al servicio de Dios; en él no se llora, ni se murmura, ni se desespera” (Comentario al salmo 99,7). Nuestras Constituciones definen al prior local como hombre “de obediencia y de fidelidad a la voluntad de Dios…modelo de la grey que le ha sido confiada, conocedor de los derechos y obligaciones de toda la comunidad” (CC.304).

La Unión de Superiores Generales (USG) celebró su 81ª Asamblea en Roma, del 22 al 25 de mayo de 2013. El tema de estudio fue: “El liderazgo en la vida religiosa 50 años después del Vaticano II”. Nadie ignora que el papa Francisco ha establecido una nueva forma de liderazgo en la Iglesia que se apoya en la credibilidad del espíritu evangélico, la cercanía, la sencillez, la misericordia.

Estamos ante la necesidad de un liderazgo tanto personal como institucional que se extienda más allá de las estructuras eclesiales para alcanzar las periferias geográficas y existenciales y provocar el encuentro con todos los pueblos y todas las culturas. Es la Iglesia en salida de que habla el papa Francisco (Evangelii gaudium, 20)

Un segundo tema que no puede estar ausente de nuestra agenda es la urgencia de una promoción, selección y formación de nuevas vocaciones para la vida religiosa agustiniana. Con ocasión de la 51 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (11 de mayo de 2014), el papa Francisco recordaba en su mensaje: “Os hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en vosotros y en torno a vosotros las mejores energías. La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35)?”

Habla el papa de participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en nosotros y en torno a nosotros las mejores energías. ¿Qué otras energías pueden superar al amor recíproco, el ambiente de una comunidad donde se respire un ambiente agustiniano de amistad y cordialidad y una vida espiritual que garantice la humanidad más plena?

No olvidemos que en nuestra preocupación por las vocaciones, la primera en atender y acompañar, en un ejercicio de reciprocidad, es nuestra propia vocación. La de aquellos que ya vivimos en comunidad. De la debilidad de nuestra vocación, de la falta de integración personal y de una felicidad muy tenue, no puede emerger sino la sospecha de una vida rutinaria y cerrada que ahoga el espacio para la sorpresa, la creatividad y el misterio.

Y junto a la estima de la vocación de quienes ya hemos consagrado nuestra vida a Dios, la tarea urgente de suscitar, acoger y acompañar nuevas vocaciones. En la Orden, el índice de recambio es muy bajo y, en los próximos años, la estadística general descenderá significativamente.

En la promoción vocacional no se pueden escatimar ni los recursos humanos ni los materiales. Hacen falta hombres–anuncio de la vida religiosa agustiniana y estructuras de acogida y de formación dotadas con los medios necesarios tal como indican los documentos de la Iglesia, nuestras Constituciones y la Ratio Institutionis. Esta prioridad solo será posible convertirla en realidad mediante colaboraciones intercircunscripcionales. La precariedad de los números no puede significar un abaratamiento de la vida religiosa y –como indica certeramente el papa Francisco– “No se pueden llenar los seminarios con cualquier tipo de motivaciones, y menos si estas se relacionan con inseguridades afectivas, búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar económico” (Evangelii gaudium, 107).

Es necesario revisar el mapa de casas de formación y los equipos de formadores con que cuenta hoy la Orden en su amplia geografía. Se impone una gran sensatez para extremar las exigencias la hora de abrir y reconocer como tal una casa de formación. En el campo de la formación, los proyectos comunes pueden ser la mejor escuela de espíritu agustiniano y la garantía de una dotación bíblica, teológica y pastoral consistentes en los futuros agustinos. La llamada al estudio que hace el Documento del CGI’98, debiera hallar en las áreas de la formación inicial y de la formación permanente acogida inmediata y responsable.

La vida religiosa tiene que planificar, con urgencia, una acción pastoral adaptada a la juventud de nuestro tiempo, con una clara incidencia en la pastoral vocacional. No podemos vivir la riqueza de nuestra espiritualidad agustiniana en una cierta clandestinidad. Nadie ama ni se compromete con lo que no conoce. Fortalecer el carácter agustiniano, fraterno, evangelizador y abierto de nuestras comunidades ya es una referencia vocacional clara.

Finalmente, quisiera hacer una referencia explícita a la situación económica mundial y a nuestro compromiso con la pobreza. No es que la crisis internacional sea la razón de nuestra vinculación con la pobreza evangélica, pero hoy es más necesario un testimonio claro de sobriedad y de solidaridad. Se habla hoy de nuevas formas de pobreza que abarcan por igual las necesidades materiales que las espirituales. Un buen test para evaluar el grado de fidelidad al Evangelio de una comunidad es su sensibilidad ante los pobres. Son cada día los más olvidados de la sociedad, arrinconados como no productivos ni consumidores cualificados. Nosotros –desde nuestras seguridades– pensamos a veces que son las instituciones políticas las responsables de remediar estos problemas que atentan a la dignidad humana, y olvidamos que los excluidos son los preferidos del Reino. La alianza con los sectores de poder supone, en la práctica, una censura del Evangelio para justificar un género de vida donde no se visibiliza una opción afectiva y comprometida con los necesitados y las víctimas de los sistemas económicos actuales.

A la luz de nuestro compromiso con la pobreza tenemos que revisar el funcionamiento de nuestras obras, el uso de nuestro patrimonio, el destino de nuestros bienes, la sobriedad de la vida comunitaria. No se puede pensar que la pobreza sea una causa meramente política y secular, cuando en la Iglesia es una cuestión fundamentalmente teologal porque la justicia y los derechos humanos forman parte del núcleo del Evangelio.

No estamos ante la conveniencia de acciones puntuales en favor de emigrantes o minorías marginadas, sino que es necesario subrayar que la pobreza es un componente esencial –y por lo tanto irrenunciable– de la vida religiosa, Si “todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra” (Evangelii gaudium, 209), mucho más los religiosos, llamados a vivir “como quien nada tiene y todo lo posee” (El trabajo de los monjes, XXV, 32).

En la cultura neoliberal que vivimos parece un despropósito predicar el valor de la pobreza porque se proclama el ideal del enriquecimiento y para ampliar el consumo se crean necesidades. Optar por la pobreza es un manifiesto signo de contradicción no siempre comprensible. La prueba de validación de los valores evangélicos es, precisamente, su incomprensibilidad que confiere a la pobreza significación profética. Muchas de las crisis profundas que ha sufrido la vida religiosa han estado asociadas al abandono de la pobreza evangélica.

Cuando hablamos de este tema el consenso teórico es claro, pero parece que nos sobren clarificaciones teológicas y nos falten gestos de audacia para actuar. ¿Es posible la vida religiosa al margen de la fe en un Dios providente? Recuperar una cierta austeridad de vida tanto en el ámbito personal como en el comunitario no es únicamente una práctica ascética y un testimonio de moderación, sino una forma de emitir el mensaje de la primacía del Espíritu, un modo de vivir en lo esencial.

Este tema no se puede convertir en argumento de un discurso, sino que tiene unas ramificaciones concretas que indican si existe o no un espíritu que sustente cada uno de nuestros gestos. El trabajo –aunque parezca paradójico– es una forma de pobreza porque es un vínculo de comunión con la sociedad humana y con la comunidad religiosa, una oferta de las propias aptitudes en beneficio del bien común.

Sin trabajo es difícil que pueda haber solidaridad. Aquí está la gran diferencia: Trabajar para poder compartir o trabajar para acumular y revestirse de poder. Trabajar para compartir es una forma de caridad. La credibilidad de la Iglesia y de la vida religiosa se juega en el ámbito de la solidaridad, la gratuidad y la opción afectiva y efectiva por lo pobres y excluidos. Pobres y excluidos que hay en el entorno de nuestras parroquias y en las aulas de nuestros colegios.

La administración y reparto de nuestros bienes es un capítulo que exige una reflexión crítica llena de caridad y de realismo. Existen razones para impugnar el trasvase de bienes cuando existe retraso y opacidad en la información de las ayudas recibidas, gastos innecesarios o viajes costosos que muchas veces se podrían evitar.

Estas tres observaciones acerca de la vida comunitaria y la importancia del liderazgo de los priores locales, de la promoción, selección y formación de los candidatos a la vida religiosa agustiniana y de la necesidad de una vida de acuerdo con el espíritu de las bienaventuranzas, no quieren ser más que la meta de salida para las reuniones de los próximos días. El temario abarca otros muchos temas que llevan a un mismo puerto: la misión. Somos “agustinos en la Iglesia para el mundo de hoy”, como se titulaba el documento del Capítulo General Intermedio de Villanova en 1998. Nuestra misión es transparentar y provocar la experiencia de Dios, transmitir la fe en el Absoluto, hacer visible la práctica del Evangelio. El actuar es posterior al ser; las tareas son secundarias, aunque necesarias.

Los trabajos capitulares de septiembre de 2013 se centraron en un tema ya conocido por todos: LA UNIDAD DE LA ORDEN AL SERVICIO DEL EVANGELIO, que había sido estudiado en el Capítulo General Intermedio de 2010, celebrado en Filipinas. Este documento invita a releer el primer capítulo de nuestras Constituciones donde se nos recuerda que nuestra identidad como Orden procede de cuatro fuentes constitutivas: la herencia monástica de San Agustín, las raíces eremíticas, los nexos particulares provenientes de la intervención de la Sede Apostólica y la condición de Orden mendicante (CC 4). Cuatro raíces diversas que sostienen y nutren un mismo cuerpo: la Orden de San Agustín.

El Capítulo 2013 pasará a la historia por ser el primero que fue inaugurado con una Eucaristía presidida por un papa en la Basílica de los santos Trifón y Agustín en Roma, el miércoles 28 de agosto. En la homilía, el papa Francisco subrayó la importancia de la inquietud como nota característica de la vida de san Agustín. “Esta palabra me impresiona –señaló– y me hace reflexionar. Desearía partir de una pregunta: ¿qué inquietud fundamental vive Agustín en su vida? O tal vez debería decir más bien: ¿qué inquietudes nos invita a suscitar y a mantener vivas en nuestra vida este gran hombre y santo? Propongo tres: la inquietud de la búsqueda espiritual, la inquietud del encuentro con Dios, la inquietud del amor”.

Voy a terminar mi intervención porque lo más importante no son mis palabras introductorias y tampoco las orientaciones elaboradas en el Consejo general o en las reuniones de las Comisiones interprovinciales. Lo más importante es que en estas próximas jornadas se fortalezca el nosotros que es la Orden aquí representada a través de los Superiores mayores. Cuenten siempre con el apoyo y el ofrecimiento incondicional de la Curia hacia ustedes y todos los miembros de sus circunscripciones, y el reconocimiento de su trabajo como “servidores en la caridad” (Regla,7). No han sido elegidos para gestionar unas obras, sino para animar la vida de unas personas y unas comunidades religiosas.

Al hablar hoy de la vida religiosa, se repite la llamada a la experiencia de Dios (Cf. Documento CGI’98), a la interioridad. Interioridad que, en su exuberante traducción, también puede formularse como sentir a Dios, fiarse de Dios, comunicarse con Dios, permitir a Dios que actúe...Se trata de recordar que la vida religiosa tiene su suelo firme, sus raíces vivas, en realidades de fe. Este es el principio animador y generador de vida. Y realidades de fe son Jesús y su Evangelio. Estas son las instancias críticas, las objeciones de conciencia frente a unos modos, tradiciones y formas de actuar que, muchas veces, al ser confrontadas con el Evangelio, dejan de tener sentido.

Concluyo invitándoles a leer e interpretar el paisaje que nos rodea como una elocuente parábola, un recordatorio de nuestras fidelidades. Nuestras fidelidades son nuestros amores. Vivimos junto a la Basílica de San Pedro. Es un signo de nuestra fidelidad, como agustinos, a la Iglesia. La Plaza de San Pedro es lugar de encuentro, la Basílica, es oración, la Capilla Sixtina es arte, fantasía, contemplación. Estamos junto al Instituto Patrístico, signo de nuestra fidelidad al estudio, a la búsqueda personal y comunitaria de la verdad. Estamos, también, muy cerca de una casa de las Misioneras de la Caridad, fundadas por la Madre Teresa. Signo de nuestra fidelidad a los pobres. Los que no tienen pan y los pobres del mundo que se mueven en la abundancia pero sin hallar sentido a su vida, vagabundos solitarios del bienestar, sepultados bajo su propio egoísmo Y la calle, nuestra familiar calle Paulo VI, con su concierto de ruidos y su tráfico trepidante. Lleva el nombre de un papa con alma agustiniana. Alguien llamó a Pablo VI “el Agustín del siglo XX” y nosotros podríamos regalar hoy a Benedicto XVI el título del “Agustín del siglo XXI”. Hombres de intuiciones, más que de seguridades, de dialogo y de duda razonable. Esta postal de nuestro paisaje cercano llévenla, por favor, en el corazón que es donde se guardan las fidelidades y las cosas importantes. Bienvenidos a Roma y bienvenidos a esta su casa.

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