OSA

Orden de San Agustín

"Anima una et cor unum in Deum!" (Regula)

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Pensamiento de San Agustín
Tú, oh Verdad, me has acompañado en mi camino, enseñándome lo que debo evitar y lo que debo desear.
(Confesiones 10,40)
Orar extensamente no significa, como piensan algunos, orar con muchas palabras. Un deseo continuo no equivale a muchas palabras.
(Carta 130, 19)
Dios ha creado tanto a los ricos como a los pobres. Los ricos y los pobres, por tanto, han nacido iguales. Encuentras a otro como tú, y camináis juntos... El Señor ha creado a ambos.
(Sermón 35,7)
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Mensaje del Capítulo General 2013


Roma, Italia
Octubre 2013
Queridos hermanos: Al finalizar este 184 Capítulo General de la Orden reunido en Roma...

MENSAJE DEL CAPITULO GENERAL 2013 A TODOS LOS HERMANOS DE LA ORDEN

LA PAZ DE LA INQUIETUD

Queridos hermanos:

Al finalizar este 184 Capítulo General de la Orden reunido en Roma, queremos enviaros a todos un fraternal saludo y compartir lo que ha supuesto para nosotros el trabajo de las sesiones capitulares.

Durante estas semanas nos hemos reunido hermanos de cincuenta circunscripciones extendidas a lo largo de treinta y dos países. Hemos orado juntos, hemos compartido ideas y preocupaciones y también, cómo no, hemos discutido problemas y mostrado disparidad de opiniones. Damos gracias a Dios por esta oportunidad de oración, encuentro y trabajo fraterno, por haber tomado conciencia de la grandeza y fortaleza de los lazos que nos unen, por haber experimentado una diversidad que nos enriquece.

El trabajo del Capítulo ha estado centrado, en gran medida, en un tema bien conocido por todos: “La unidad de la Orden al servicio del Evangelio”. El Capítulo General Intermedio de 2010 elaboró este documento y, al hilo del mismo, se han desarrollado gran parte de las sesiones capitulares en búsqueda de soluciones a los diferentes problemas que la Orden tiene planteados a lo largo del mundo.

Dicho documento nos ha invitado a releer el primer capítulo de nuestras Constituciones. En él se nos recuerda que nuestra identidad como Orden procede de cuatro fuentes constitutivas: la herencia monástica de San Agustín, las raíces eremíticas, los nexos particulares provenientes de la intervención de la Sede Apostólica y la condición de Orden mendicante (Const. n. 4). Cuatro raíces diversas que se hunden en el tiempo para sostener y nutrir un mismo cuerpo: la Orden de San Agustín.

¿Cómo vivir ahora nuestra identidad? ¿Qué tenemos que hacer? Visto en terminos de hacer o no hacer, la cuestion esta mal planteada.

Se trata de anhelar. El anhelo de una comunión de vida, experimentada en tal plenitud, que nos haga sentir una sola alma. El anhelo de que nuestra vocación, nuestro tesoro, la perla preciosa por la que hemos dejado todo, nos lleve a poner en común bienes y talentos. El anhelo de que oración y apostolado creen la alegría de una amistad espiritual, profunda, fundada en la presencia de Cristo en el hermano. El anhelo de que cada uno piense en su hermano antes que en sí mismo hasta el punto de aceptar el servicio de animar, dirigir, presidir y, también, por qué no, corregir; poniendo por encima de todo el bien común, es decir, la comunión. El anhelo de que las diferencias de temperamento, edad o ideología no sean mas que matices de un único sentir. Una comunión así iluminará nuestro hombre interior hasta el punto de irradiar la luz del Evangelio en todo tipo de trabajos y empresas apostólicas, no habrá barreras de lenguas o fronteras que lo impidan.

Es cuestión de suspirar. Ese suspiro por una profundidad personal, alcanzada en la oración, el estudio y la reflexión hecha en la soledad del corazón; que convierte, sin pretenderlo, en maestro de interioridad. Una profundidad que aflora en servicio al Evangelio; una profundidad que exige, como lugar natural, un hogar común de hermanos.

Es momento de desear. Un deseo de comunión en la Orden que permita estrechar lazos con cualquier hermano, mas allá de diferencias; que consiga unir fuerzas y energías, que posibilite apostolados difíciles en un mundo complejo. Una colaboración que brota del deseo de libertad, de libertad interior ante costumbres, rutinas o relaciones; de libertad que se manifiesta en obediencia a las exigencias comunes, de libertad que sólo nos encadena a la proclamación del Evangelio.

Es tiempo de aspirar. Aspirar a un servicio a la Iglesia, en disponibilidad permanente, que nos lleve a sacar lo mejor de cada uno. Aspiración a ser signo profético en un mundo que pide a gritos paz y justicia. Aspiración a no vivir para nosotros, a olvidarnos de nosotros, a dejar de centrarnos en nosotros mismos y, así, reconocer que existimos por la Iglesia y para la Iglesia, que nuestra vida es la vida de la Iglesia que está al servicio del Reino de Dios. Seguro que entonces, sin duda, se acercarán jóvenes a compartir con nosotros su vida, cuando lo único que se les ofrezca sea perderla por el Evangelio.

Anhelos, suspiros, deseos, aspiraciones... Nuestro Padre San Agustín lo llamaba “inquietud”. Una vez más, como otras muchas a lo largo de la historia, la Sede Apostolica nos ha hablado. Su Santidad el Papa Francisco, en las bellísimas palabras que nos dedicó en la homilia de la Celebración que daba inicio al Capítulo, afirmaba: “¿Qué inquietudes nos invita a suscitar y a mantener vivas en nuestra vida este gran hombre y santo? Propongo tres: la inquietud de la búsqueda espiritual, la inquietud del encuentro con Dios, la inquietud del amor”. Leed sus palabras. “El tesoro de Agustín es precisamente esta actitud: salir siempre hacia Dios, salir siempre hacia el rebaño... Es un hombre en tensión entre estas dos salidas; ¡no privatizar el amor… siempre en camino! Siempre en camino, decía usted, Padre. ¡Siempre inquieto! y ésta es la paz de la inquietud”. La Iglesia reclama de nosotros “inquietud”. Seamos fieles al espiritu de Nuestro Padre San Agustin en el seguimiento a Nuestro Señor Jesucristo. Que nuestra Madre del Buen Consejo nos acompañe.

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